De los 840 millones de personas con malnutrición crónica que hay en el mundo, una cifra desproporcionada vive en las montañas. En efecto, según un estudio reciente de la FAO sobre la vulnerabilidad en las regiones elevadas, hasta 245 millones de personas de las zonas rurales montañosas de los países en desarrollo y los países en transición corren peligro o están pasando hambre e inseguridad alimentaria.
La escasez de alimentos y periodos de hambre abruman a numerosas comunidades de las montañas. En algunas regiones la seguridad alimentaria obedece al caos producido por los conflictos y la guerra. Pero en otras regiones se presentan periodos de hambre porque los campesinos de las montañas abandonan sus labores agrícolas tradicionales a cambio de métodos insostenibles para los frágiles terrenos montañosos. Una forma de reducir la cantidad de personas con hambre en las zonas montañosas es facultarlas para proteger los ecosistemas montañosos y promover la paz y la estabilidad en las regiones de montaña.
Lamentablemente hay muchas anécdotas de personas de las montañas pobres y con hambre. Tahira Khan tiene 15 años y está recién casada, vive en una montaña aislada de una comunidad de Pakistán. Pasa la mayor parte de su tiempo preparando los escasos alimentos para su familia, además de atender el huerto y realizar las demás labores domésticas. Para el desayuno toma un chapati, que es un pan delgado de trigo como una tortilla. El almuerzo y la cena son parecidos, un chapati con un poco de patata, berenjena, tomate, cebolla y pimiento rojo. Una o dos veces por semana también consume un huevo.
La alimentación de Tahira satisface menos del 60% de sus necesidades de alimentos, pero es todo lo que puede permitirse en las condiciones de pobreza de su hogar. La salud de Tahira corre riesgo especialmente porque todavía está creciendo y puede quedar encinta próximamente. En Pakistán, una mala situación nutricional contribuye al alto índice de muertes maternas e infantiles.
Para algunas de las personas que viven en las montañas la malnutrición no sólo es consecuencia de un consumo insuficiente de alimentos, sino que a veces es el efecto directo de la ingestión de alimentos que carecen de suficiente valor nutricional. El exceso de lluvias en las montañas, la nieve que se derrite y la glaciación, por ejemplo, pueden robarle el contenido de yodo al suelo. Cuando éste carece de yodo suficiente, los cultivos que ahí se producen también carecen de él. Si la población que consume esos cultivos no ingiere un complemento como la sal yodada, puede sufrir mayor mortandad infantil, daños cerebrales o agrandamiento de la tiroides (bocio).
Los niños son las principales víctimas de los trastornos producidos por la falta de nutrientes. Se calcula que cerca de 250 millones de niños en los países en desarrollo, muchos de ellos habitantes de las zonas montañosas, padecen de deficiencia de vitamina A, lo que les hace correr el peligro de sufrir nictalopía, además de que agrava su susceptibilidad a las enfermedades infecciosas. Dado que los servicios de salud a menudo están alejados de las comunidades de las montañas, los trastornos debidos a la falta de nutrientes muchas veces no reciben tratamiento, lo cual intensifica la espiral de enfermedad e invalidez. La falta de vitaminas y micronutrientes les arrebata a las personas la salud y la capacidad de aprender y trabajar, disminuyendo así el potencial de estas comunidades.
Algunas personas que viven en las montañas consumen alimentos silvestres en las temporadas de hambre y cuando hay escasez de alimentos, pero a veces estos alimentos son dañinos para la salud. En Etiopía, una de las plantas que se consumen durante las hambrunas es el nejiro, que produce problemas de la vista y dolores de cabeza. Otra planta es la guija, cuyas toxinas producen una debilitante enfermedad denominada latirismo si se consume en grandes cantidades durante varios meses.
En virtud de su forma y altura, las montañas son lugares inestables. A mayor altura, el suelo se forma más lentamente y es menos firme, estas condiciones vuelven más difícil el cultivo de alimentos que en las fértiles tierras bajas. Además, en las montañas las parcelas tienden a ser más exiguas, a la vez que las condiciones del clima son extremas, lo cual abrevia la temporada de crecimiento y reduce la cantidad cosechable. Por estos motivos, a menudo los ambientes montañosos son más adecuados para la agricultura de subsistencia que para la producción comercial.
Generaciones de agricultores de las montañas han aprendido a explotar los frágiles medios montañosos en forma sostenible, gracias al cultivo de muchas variedades vegetales, a la construcción de terrazas y al pastoreo en zonas extensas. Pero en los últimos años algunos agricultores de las montañas han tenido que abandonar estas antiguas prácticas por métodos agrícolas modernos de alto rendimiento.
Las primeras cosechas pueden ser buenas, pero los delicados ecosistemas montañosos no siempre pueden tolerar las cantidades necesarias de fertilizantes y plaguicidas. Con el paso del tiempo, estas prácticas son una amenaza para la estabilidad y la sostenibilidad de la agricultura. En la India, en la zona del Himalaya de Garhwal, por ejemplo, los estudios realizados en el decenio de 1970 y nuevamente en el de 1990 revelaron que si bien la producción de los cultivos más tradicionales era estable, había escasez de alimentos al incrementar el número de agricultores que adoptaban la producción de cultivos comerciales de alto rendimiento.
En algunas comunidades montañosas el hambre no sólo es consecuencia de la escasez de alimentos, sino de una menor variedad de éstos. Cuando los campesinos de estas zonas adoptan los cultivos comerciales de alto rendimiento, docenas, y a veces cientos de variedades de alimentos tradicionales llegan a ser reemplazados por una o dos únicas variedades. En algunos casos, como en el de las flores o el café destinados al mercado internacional, los cultivos sustitutivos ni siquiera son comestibles. En otros, la gran cantidad de fertilizantes y plaguicidas químicos necesarios para producir los cultivos de alto rendimiento dañan la biodiversidad local y las opciones que complementan la producción de alimentos nutritivos. Por ejemplo, en los arrozales en terrazas de la India y Nepal no sólo se produce arroz, sino también peces y ranas, importantes fuentes de proteínas. Pero los fertilizantes y los plaguicidas químicos matan estos nutritivos alimentos y empobrecen la alimentación de las comunidades locales.
La gran mayoría de los conflictos armados se desarrollan en las montañas y es imposible garantizar la seguridad alimentaria y eliminar el hambre de la población que vive en zonas de conflicto y guerra. En 1999, por ejemplo, el 85% de los principales conflictos armados del mundo se desenvolvían en regiones montañosas. Los conflictos impiden a la gente llevar a cabo las fundamentales tareas necesarias para subsistir, como sembrar y cosechar. A menudo, los soldados o los que predominan en el conflicto reclaman los pocos alimentos existentes. También llegan a destruirse las carreteras, las escuelas y las viviendas, y en algunos casos las tierras agrícolas se siembran de minas, lo cual hace del restablecimiento después de la guerra una lucha larga y desesperada por sobrevivir.
Las montañas son ricos depósitos de biodiversidad, minerales, bosques y agua, pero su población figura entre las más pobres y las que más hambre padecen en el mundo. Un motivo de esta desigualdad es que la riqueza económica que los rodea está considerada como un recurso nacional o regional, cuya explotación y control incumbe a los que ocupan los centros del poder, alejados de las comunidades de las montañas. En consecuencia, los recursos de estas zonas a menudo se explotan sin tomar en cuenta los derechos de los propietarios locales o las repercusiones que esta explotación tiene sobre la población local. En los Apalaches, en los Estados Unidos, por ejemplo, la extracción de carbón comenzó a desplazar a miles de agricultores de las montañas hace un siglo. Aun hoy en día, las ganancias de la minería en esa región siguen dirigiéndose a las ciudades de las tierras bajas.
El primer paso para reducir la pobreza y el hambre es asegurar que los pobladores de las montañas puedan influir en los asuntos que los afectan. El reconocimiento de los derechos agrarios locales y la descentralización de los procesos de toma de decisiones no sólo darán poder a los pobladores de las montañas sino que contribuirá a la conservación a largo plazo de las zonas montañosas. A la vez, los gobiernos nacionales deberían reflexionar sobre quién cosecha las ganancias de los recursos de las montañas. Posibles fuentes de ingresos para las comunidades de las montañas serían, por ejemplo, las tarifas del agua, el cobro de derechos forestales y mineros, el arrendamiento de tierras para el pastoreo, el cobro de cuotas por entrar a los parques nacionales y la concesión de licencias para establecimientos y actividades destinadas al turismo.
A medida que más personas afluyen a las montañas para extraer minerales o madera, producir hidroelectricidad o desarrollar actividades turísticas, la población local tiene que trasladarse a mayor altitud. Pero a mayor elevación, la temperatura es más fría, el suelo menos fértil y hay menos oxígeno. Se necesitan más calorías sólo para sobrevivir, pero a menudo la población local cuenta con menos alimentos. Esta situación se ve agravada porque la escasa presión del aire incrementa mucho la cantidad de tiempo y de combustible necesarios para cocinar diversos alimentos básicos, tales como cereales enteros y legumbres. Las casas necesitan calentarse gran parte del año en estos climas fríos y de mayor altitud, en donde escasea la leña. La población de las montañas con frecuencia tiene que tomar decisiones difíciles: gastar más tiempo y energía procurándose alimentos, o vivir en una casa fría y consumir menos alimentos.
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