Las actividades humanas están repercutiendo profundamente en el clima del mundo, y las montañas son un sensible indicador de ese efecto. Todos los días, el consumo de combustibles fósiles produce gases de invernadero que refuerzan la capacidad de retener el calor de la atmósfera de la Tierra, con lo que se eleva la temperatura del planeta, que sólo en el siglo XX aumentó 6 grados centígrados. Por su altura, inclinación y según la orientación del sol, las variaciones del clima repercuten fácilmente en los ecosistemas de las montañas. Las montañas son en particular sensibles a los cambios del clima, y una gran variedad de factores (la temperatura, la lluvia, etc.) determina la distribución de las especies en estas regiones. En las regiones montañosas cada vez son más frecuentes los climas extremosos. Conforme se calienta la atmósfera, los glaciares están derritiéndose a una velocidad sin precedente, y algunas especies raras de plantas y animales luchan por sobrevivir en espacios cada vez más reducidos, a la vez que los pobladores de las montañas son de los ciudadanos más pobres del planeta y afrontan dificultades mayores para vivir. Entender la forma en que el cambio climático repercute en las montañas es vital para que los gobiernos y las organizaciones internacionales elaboren estrategias para invertir las tendencias actuales de calentamiento del planeta, a través de tratados como el Protocolo de Kyoto y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
Muchas de las cosas que hacemos contribuyen al cambio climático. Los procesos industriales y las actividades agrícolas, el aislamiento insuficiente de las viviendas, así como el entusiasmo desbordante por los automóviles, generan gases que atrapan los rayos del sol en la atmósfera. Estos gases – entre ellos el bióxido de carbono, el metano y el el óxido nitroso- propician el efecto « invernadero» que se da naturalmente en el medio ambiente.
Conforme el sol calienta la superficie de la Tierra con radiaciones de onda corta, éstas reflejan la energía al espacio. Los gases de invernadero, como el vapor del agua y el bióxido de carbono, atrapan y absorben naturalmente una parte de esta energía radiante de onda larga. Sin este efecto natural de invernadero, las temperaturas medias serían muy inferiores (alrededor de 19 grados centígrados) y no existiría la vida que conocemos. Los problemas se presentan cuando aumentan las concentraciones atmosféricas de las emisiones y queda atrapada más energía, que mantiene más caliente la superficie de la tierra de lo que estaría en otras condiciones.
Algunos modelos climáticos predicen que las temperaturas mundiales medias aumentarán entre 1,4° y 4,8° centígrados para el año 2100, y que el aumento de la temperatura será mayor cerca de los polos (por ejemplo en Suecia se prevé un aumento de la temperatura de 10º). Aunque pudieran parecer insignificantes esos pocos grados, un incremento de este tipo es mucho mayor que cualquier cambio climático que se haya dado desde la última glaciación, hace 10 000 años. Entre las consecuencias previstas, se harán más frecuentes las tormentas feroces y el nivel del mar subiría de 9 a 98 centímetros, causando inundaciones y daños inconcebibles en los países isleños y las comunidades costeras. Los pobladores de la isla de Kiribatu, del Pacífico Sur, ya están teniendo que abandonar su isla debido al aumento del nivel del agua. Mientras tanto, Nueva Zelandia ha ofrecido asilo a los 11 000 residentes de la isla de Tuvalu, que podría hundirse en poco tiempo. Los efectos del derretimiento de los cascos polares, que liberan grandes cantidades de agua, tendrían efectos todavía mucho más devastadores respecto al ascenso del nivel del mar.
Los glaciares de las montañas están derritiéndose a una velocidad nunca vista. En el último siglo, los glaciares de los Alpes europeos y de los montes del Cáucaso se han reducido a la mitad de su volumen anterior, y en África sólo se conserva el 8 por ciento del glaciar más grande del Monte Kenya. De seguir estas tendencias, a finales del siglo habrán desaparecido por completo muchos de los glaciares de las montañas del mundo, comprendidos todos los del Parque Nacional de los Glaciares, en los Estados Unidos.
Las modificaciones de la profundidad de los glaciares de las montañas y de sus pautas estacionales de derretimiento repercutirán con gran fuerza en los recursos de aguas de muchas partes del mundo.
En Perú, por ejemplo, alrededor de 10 millones de habitantes de Lima viven del agua dulce procedente del glaciar de Quelcaya. En otras partes del mundo, se anticipa que el acelerado derretimiento de los glaciares perjudique la agricultura y cause inundaciones. Por ejemplo en Nepal, un lago de un glaciar se desbordó en 1985 derramando un muro de agua de 15 metros que ahogó a muchas personas y arrasó viviendas. Muchos climatólogos consideran que la disminución de los glaciares es uno de los primeros indicios observables del calentamiento del planeta causado por el hombre.
Debido a su forma y tamaño, en las montañas coexisten variadas condiciones climáticas. Con ascender apenas 100 metros por una ladera, por ejemplo, se puede presenciar una diversidad climática equivalente a recorrer 100 kilómetros de territorio plano. Los climas de las montañas son como estrechas franjas superpuestas. Cada incremento de la altura produce condiciones distintas y ecosistemas únicos, a menudo aislados, donde prospera una gran variedad de vida vegetal y animal.
Sin embargo, conforme se calienta el planeta se modifican las condiciones de cada una de esas franjas. Los científicos ya han presenciado casos de especies que ascienden en busca de un hábitat más adecuado. El ascenso de los límites de la vegetación forestal en reacción a la subida de las temperaturas está documentado en regiones montañosas de todo el mundo en los últimos decenios.
Los climatólogos saben que el aumento previsto de las temperaturas mundiales de 3,15º centígrados equivale a un ascenso del mar de casi 500 metros. Se prevé que los probables cambios sean demasiado rápidos para que se adapten los ecosistemas completos al mismo tiempo. Actualmente está documentado que hay especies vegetales y animales que están siendo expulsadas por las temperaturas, y que esas especies suben por las laderas de las montañas invadiendo de árboles, plantas y depredadores de zonas más bajas. No todas las especies pueden trasladarse, las que están confinadas a las cumbres o se topan con barreras infranqueables -desde flores delicadas hasta mamíferos pequeños- afrontan la extinción al reducirse su hábitat.
Las especies más raras son las que más corren peligro de extinción. Las primeras en dar la alarma suelen ser las plantas, pero también los animales e insectos corren peligro, como la comadreja pigmea de las montañas de Australia, la perdiz blanca y el pinzón de las nieves de la Gran Bretaña, las marmotas y los pika de los Estados Unidos, los mandriles gelada de Etiopía y la mariposa monarca de México.
El incremento de la humendad y de la temperatura producen efectos complejos en los delicados ecosistemas montañosos. El derretimiento y reducción de los glaciares también afecta profundamente a distintas especies. Los contaminantes liberados en la atmósfera se propagan por extensas áreas con efectos negativos sobre las plantas, la vida silvestre y las personas.
Para los pobladores de las montañas, que habitan paisajes alpinos en lugares extremos del mundo cada día es una prueba de supervivencia. Pero hoy, que el cambio climático mundial amenaza con modificar el medio ambiente de las zonas de montaña, la vida se hará aún más difícil para la mayoría de esas personas. Por ejemplo, así como el calentamiento obliga a muchas especies animales a migrar montaña arriba en busca de un hábitat adecuado, los pobladores de las montañas también tendrán que adaptarse a los cambios o abandonar sus hogares al escasear sus fuentes tradicionales de alimentos y combustible. A la vez, las montañas serán más peligrosas al acelerarse la erosión del suelo cuando se vaya derritiendo la capa de hielo que lo cubre permanentemente y con el escurrimiento de los glaciares, además habrá más derrumbes, deslaves, inundaciones y avalanchas. Se pronostican acontecimientos extremos y catástrofes más frecuentes. Muchos pobladores de las montañas viven de la agricultura, pero el cambio climático podría repercutir negativamente en la agricultura. Las garrapatas están proliferando hacia el norte, a alturas mayores, causando enfermedades, y se prevén plagas de insectos que dañarán los cultivos. El calentamiento también repercutirá en la irrigación, primero por las inundaciones, pero luego por la sequía, lo que hará más difícil la vida de los campesinos de subsistencia y de los que producen cultivos comerciales. Es probable que disminuyan casi todas las actividades comerciales, como la producción maderera y el turismo por el cambio irrevocable de los ecosistemas.
Una de las consecuencias indirectas del calentamiento del planeta en las zonas de montaña es el peligro de que proliferen las enfermedades infecciosas. Los científicos han informado que los mosquitos que transmiten la malaria, el dengue y la fiebre amarilla están invadiendo zonas más altas de acuerdo al aumento de las temperaturas. Los pobladores de las montañas son de los ciudadanos más pobres del planeta, tienen pocos recursos para protegerse de las enfermedades infecciosas y por lo tanto es probable que serían las principales víctimas del calentamiento del planeta, si no se cambian rápidamente las actividades humanas que contribuyen a este fenómeno.
Las montañas son un indicador del cambio climático del planeta. No sólo estos frágiles ecosistemas son muy sensibles a los cambios de la temperatura, sino que están en todos los continentes. En efecto, muchos climatólogos consideran que los cambios que están produciéndose en los ecosistemas montañosos ofrecen un panorama anticipado de lo que podría suceder en otras regiones. Por este motivo, es vital que los elementos biológicos y físicos de las montañas se sometan a una rigurosa vigilancia y estudio. La información del estado de los ambientes montañosos sin duda ayudará a los gobiernos y a las organizaciones internacionales en la elaboración de estrategias de gestión y a organizar vigorosas campañas para invertir las actuales tendencias del cambio climático.
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